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PRESENTACIÓN

 

El objetivo de estas líneas es presentar al estudioso una sinopsis de las “Destrezas Médicas para Salvar Vidas”.

Pero antes desearía hacer algunas disquisiciones sobre nuestro ejercicio profesional. Quisiera compartir con el lector algunas reflexiones.

Considero que ser médico es un gran privilegio. Es el título que estimo como el más importante que poseo y por el cual siento un legítimo orgullo.

Sin embargo, mi larga actuación en la profesión, me ha llevado a meditar con asombro y preocupación sobre las tendencias de la medicina actual.

Algunas de ellas presagian una aurora llena de luz y esperanza, otras muestran aspectos altamente preocupantes.

El objetivo de estas reflexiones es sugerir, es preocupar, es estimular.

Existe, a mi juicio, una evidente crisis humana dentro de la medicina actual que, por un lado ha llevado a formular proezas técnicas pero, al mismo tiempo, ha despersonalizado el trato al paciente, apartándolo de la beneficiosa y tradicional relación personal, tan importante para lograr un mecanismo terapéutico.

Creo que las falencias educacionales de las escuelas de medicina nos han hecho ingresar en el “peligroso terreno de la ficción: los docentes hacen como que enseñan a alumnos que hacen como que aprenden. Los enfermos, en cambio, no hacen como que, exponen su vida y su salud ante el médico”. Directamente a él la encomiendan.

Estoy seguro que estamos lanzando a la sociedad profesionales formados inadecuadamente. Nuestro objetivo debería ser, no formar más, sino mejores profesionales para asistir a la comunidad como se merece.

En tanto y en cuanto se insista en ubicar la salud y la educación en el área de gastos y no en el de inversiones, la posibilidad de cambio se tornará abstracta.

En mi opinión hay dos cualidades que deben ser inherentes a la condición del médico: el “saber” y el “ser”.

El “saber” nos ha de llevar a hacer las cosas bien, correctamente, como se deben hacer, cuando se deben hacer y donde se deben hacer, en tiempo y forma. Con diligencia, con pericia, con prudencia, con respeto por la persona del enfermo, con rectitud de procederes, con reciprocidad total hacia la entrega que, de su salud y de su vida, hace cada enfermo.

Los médicos debemos tomar absoluta conciencia y responsabilidad de que asumimos el compromiso de incrementar nuestros conocimientos en forma ininterrumpida, es decir, que asumimos la obligación de mantenernos constantemente al día. Deberíamos saber que nunca sabemos lo suficiente. Nada hay más perjudicial para el médico que la convicción de su propia suficiencia. El que se cree en posesión de la verdad definitiva, descansa en el error, tranquilo y seguro.

La solución de las falencias antes señaladas, redundará, sin lugar a dudas, en la formación de profesionales de la salud mejor pertrechados para actuar, en tiempo y forma, ante emergencias vitales, disminuyendo, de esta manera, desenlaces fatales y pérdidas evitables de numerosas vidas humanas.

En mi opinión, el “saber” nos ayudaría, también, a iluminar nuestro espíritu en la reflexión y en la autocrítica.

A mi juicio el hospital es el ámbito privilegiado de formación profesional. En la República Argentina más del 90% de los recursos profesionales de salud se forman en el Hospital Público.

Creo firmemente que, la actividad médica solitaria, sin control, tiende a ser complaciente, tiende a ser permisiva, tiende a ser indulgente. Siendo, como es, el Hospital un lugar de formación, los modelos de práctica adquiridos en él, se reproducen en otros ámbitos de actividad.

Vienen al caso, los dichos de Sir William Osler, “Ver enfermos sin estudiar es como navegar sin brújula y sin mapa en un mar desconocido”, pero, yo le agregaría, que, estudiar sin ver enfermos, es decir sin hacer, es como no estar embarcado.

Durante muchos años la profesión médica estaba ubicada en una torre de marfil. Los médicos gozábamos de enorme prestigio. Nuestra profesión era considerada, por siglos, la más noble de todas. Hoy en día, en cambio, los médicos estamos atravesando un período en el que somos objeto de mala prensa. El público, en general, no tiene en alta estima a nuestra profesión.

Lejos de considerarnos como nobles custodios de su salud y de su vida, nos consideran, más bien, un mal necesario.

Creo firmemente que la dignidad perdida no la vamos a recuperar con declaraciones altisonantes. ¡¡Es mucha la lucha que debemos librar para recuperar nuestra dignidad avasallada!!

Estimo que quien tiene un por qué para luchar supera cualquier cómo. Nosotros tenemos un porqué para luchar.

Deberíamos vivir en plenitud la excelsa emoción de nuestro ideal médico. Deberíamos vivir un afán de perfección. No debemos permitir que este fuego sagrado se apague, ya que nunca jamás se reencenderá.
Debemos luchar, también, contra el deterioro de nuestra vocación, que siendo esencialmente humana, sufre los embates de una medicina materialista.

El diploma que nos entregan al graduarnos debe ser guardián de respeto, garantía de seriedad y de rectitud de procedimientos.

Dije, al comienzo, que el médico debe reunir dos condiciones, “saber” y “ser”. ¿A qué me refiero al decir que el médico debe “ser”? Yo me pregunto, ¿se requiere ser “virtuoso” en el ejercicio de la profesión? ¡La respuesta es obvia!

La formación del médico no sería suficiente ni adecuada si fuera solamente técnica. Para ser completa debe ser, también, ética.

La Facultad de Medicina no agrega ni mucho ni poco a la estructura moral del universitario. En este área nadie encuentra en ella sino lo que lleva al ingresar.

Si no poseemos un sentido humano en el ejercicio de nuestra profesión, si no poseemos una moral elevada, si no hemos luchado contra las pasiones ni hemos disciplinado nuestra vida, no alcanzaremos a comprender nunca cómo, ciertas fallas morales pueden engendrar en un individuo dolencias peores, que los desarreglos ocasionados por la enfermedad.

Sin embargo, admito que soy optimista, tengo la firme convicción de que la primavera siempre vuelve.

La super especialización, el tecnicismo y la masificación de la asistencia médica son, en alguna medida, responsables de que el papel del médico haya declinado su tradicional sabiduría, su arte y su virtud.

Sucede, que, hoy día, estamos “demasiado informados pero poco pensados". Esto, nos obligaría a descender de nuestro pedestal. Deberíamos adoptar una postura más humilde y más humana.

A pesar de todo lo antedicho, tengo la firme convicción que a la larga, porque somos uno de los parénquimas sociales más importante, somos inatacables. El médico, quiérase o no, es y seguirá siendo por siempre, un líder de la comunidad.

Ahora bien, entraré en tema:

Nuestro deseo es ofrecer a la comunidad médica esta modesta labor. En un mundo ideal todos deberíamos estar capacitadas para aplicar “primeros auxilios”. Sin embargo cada año mueren miles de personas por no tener a su lado alguien con conocimientos de las maniobras adecuadas, que deberían ser aplicadas, frente a una emergencia vital, o lo que es peor, estas maniobras son aplicadas mal, basados en ideas erróneas.

Todo médico, obviamente, debería dominar las “DESTREZAS MÉDICAS PARA SALVAR VIDAS”, cualquiera sea su especialidad, ya que algunas de estas circunstancias pueden suceder en el momento más inesperado y en las situaciones más variadas, en ámbito hospitalario o extra hospitalario, o sea, en ámbitos donde el médico puede disponer o no de los medios para resolver la emergencia. En estos últimos casos, deberá recurrir a lo que tiene a su alcance o a su ingenio.

La aplicación oportuna y eficiente, por parte del médico, de estas destrezas puede marcar, en emergencias vitales, la diferencia entre la vida y la muerte de una persona.

Salomón Schächter

 

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